-Ya no puede esperar...-. La futura
madre, ya angustiada, despertaba a su marido.
La micro vibraba a medida que luchaba contra el desnivelado
camino. Su vieja carcasa deba pequeños sonidos rechinantes,
aludiendo al frÃo de la noche.
-Qué pasa?- Murmuraba el futuro padre, incorporándose
a la vida madrugadora.
A pesar del toque de queda impuesto, los pasajeros tenÃan
un permiso especial de viaje. Un viaje que habÃa comenzado
hace ya casi doce horas.
-Viejo, no podemos seguir, debemos bajar...- Los pensamientos
le revolvÃan la cabeza, un sentimiento de culpa se asomaba.
El viaje no debió realizarse, sino hasta que el bebé hubiera
nacido.
-Señor, disculpe, ¿Puede detener la micro-
A pesar de la oscuridad, el futuro padre pudo distinguir
el lugar, estaban cerca de El Tofo. Aquà debÃan detenerse,
era lo más cercano que la micro podÃa dejarlos. El frÃo
no se hizo esperar, los dolores del parto comenzaban y
el miedo que perder una vida acechaban a la joven pareja.
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-No me dejes sola...- Ella le suplicaba
a su marido, con la impotencia de saber que él debÃa hacerlo,
pues, a esos seis kilómetros y con la oscuridad del entorno,
nadie los verÃa.
Los grillos nocturnos comenzaban nuevamente su danza,
y esta vez entonaban el canto del amanecer. Pero un extraño
ruido perturbó el ambiente, un ruido monótono y metálico.
Un ciclista, a esas horas continuaba su agotador viaje,
encontrándose con la pareja.
-Por favor... vaya rápido y de aviso!- El padre, depositaba
su esperanza en aquel joven ciclista. A la vez que la
madre respiraba aliviada de no perder la compañÃa de su
amante.
-¡Por la mierda!... estamos en toque...- El capataz del
campamento, recibÃa la noticia y buscaba solución. Su
mirada quedó fija en la camioneta de servicio del campamento
minero. Él estaba a cargo, tenÃa toda la responsabilidad,
al fin y al cabo era su trabajo, pero era el único con
su rango, era un mineral pequeño. Él no perderÃa su vida,
sin embargo el bebé podrÃa morir. Él ya tenÃa la solución.
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Esa mañana manejó como nunca, no
pensaba en nada, sólo tenÃa pegada su vista en el camino
que le habÃa indica el ciclista, mientras que por su espejo
retrovisor veÃa la nube de polvo y tierra que su camioneta
iba dejando.
-¡Gracias a Dios!-Exclamaba el hombre del norte, mientras
atendÃa a su esposa en los últimos momentos del parto.
Junto al capataz, ayudaron a la mujer y al recién nacido
a subir a la camioneta. La atención médica no se hacÃa
esperar, el recién nacido presentaba problemas respiratorios.
El hospital más cercano era la posta de El Tofo, ubicado
a seiscientos metros de altura, pues allà se encontraba
dicho pueblo. Una empinada cuesta les esperaba.
El padre por momentos dejaba su atención de padre, para
cumplir su función de copiloto, pues, aunque la habilidad
del capataz al volante era sorprendente, eran cuatro las
vidas que en ese vehÃculo se debatÃan. La última curva de la cuesta sucumbÃa,
y un horizonte plano aparecÃa. La garita de entrada al
pueblo tomaba forma, custodiada por una singular barrera
de madera, anunciando a los visitantes detenerse para
inspección.
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Sin pensar, capataz y padre se miraron, uno
esperando órdenes y el otro asintiendo la posible idea.
Débil como la hoja de papel, la barrera sucumbió ante
la veloz carrocerÃa de la camioneta. El guardia, aturdido
por el estrepitoso ruido hacÃa la llamada de rigor a las
fuerzas policiales, pensando en la inminente pérdida de
su empleo.
-Ya casi no respira...- Sollozaba la madre, depositando
la fe en su esposo que bajaba de la camioneta para irrumpir
en las cerradas puertas de la posta local. Un par de enfermeras
soñolientas acudieron al desesperado llamado conduciendo
a la madre y al bebé para la atención de inmediato.
Dos uniformados procedÃan a la detención
de los dos, ya amigos, hombres que habÃan violado el toque
de queda, y literalmente despedazado una norma de seguridad,
mientras una enfermera con voz tranquilizadora anunciaba
la pronta recuperación de sus recientes pacientes.
Los uniformados abandonaron la posta sin detenidos, pues
era un dÃa especial, era una situación especial. Un dÃa
1 de noviembre de 1974, la vida se abrió paso...
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Nació en El Tofo (legalmente inscrito en La Serena) el 1 de Noviembre de 1974, durante un toque de queda.
Su Ed. Básica la hizo en El Salvador (III Región), Ed. Media en La Serena y Estudios Universitarios
en Valparaíso (Univ. Téc. Federico Santa María). Actualmente vive en Santiago, trabajando
como Analista de Sistemas, y retomando la vieja y utópica idea de que las personas pueden mejorar su
calidad de vida.Click aquí , para chatear con Javier.
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