Libertad en Internet y Egipto, según Hillary Clinton
Hillary Clinton dió un comentado discurso sobre la libertad en Internet y el caso de Egipto el pasado martes: aquí, una traducción.
Lo que está bien y lo que está mal en Internet: Opciones y desafíos en un mundo interconectado
Muchas gracias a todos y buenas tardes. Es un placer, una vez más, estar en la Universidad George Washington, lugar en el que he pasado bastante tiempo en diferentes posiciones durante los últimos 20 años. Especialmente quisiera darles las gracias al presidente Knapp y al rector Lerman, puesto que esta es una gran oportunidad para que yo me refiera a un asunto tan importante, y que merece la atención de ciudadanos y gobiernos, y sé que está atrayendo esa atención. Y quizá hoy en mis palabras podamos comenzar un debate mucho más vigoroso que responda a las necesidades que hemos estado observando en tiempo real en nuestros televisores.
Unos pocos minutos después de la medianoche del 28 de enero, Internet se apagó en todo Egipto. Durante los cuatro días previos, cientos de miles de egipcios habían marchado para exigir un nuevo gobierno. Y el mundo, en sus televisores, computadoras portátiles, teléfonos celulares y teléfonos inteligentes, había seguido cada paso. Fotos y vídeos de Egipto inundaron la red. En Facebook y Twitter, los periodistas publicaron sus informes en vivo, los manifestantes coordinaron sus próximos movimientos, y los ciudadanos de todos los ámbitos compartieron sus esperanzas y miedos respecto este momento clave en la historia de su país.
Millones de personas en todo el mundo respondieron en tiempo real: “No están solos, estamos con ustedes”. El gobierno de entonces desenchufó el cable. El servicio de teléfonos móviles se interrumpió, las señales de televisión por satélite se atascaron, y el acceso a Internet fue bloqueado para casi toda la población. El gobierno no quería que la gente se comunicara entre sí y no quería que la prensa se comunicara con el público. Ciertamente no quería que el mundo observara.
Los acontecimientos en Egipto hacían recordar otro movimiento de protesta que se produjo dieciocho meses antes en Irán, cuando miles de personas marcharon tras unas elecciones cuestionadas. Esos manifestantes también utilizaron sitios web para organizarse. Un vídeo que se tomó con un teléfono móvil mostraba a una joven llamada Neda asesinada por un miembro de las fuerzas paramilitares; en pocas horas, gente de todo el mundo estaría mirando ese videoclip.
Las autoridades utilizaron la tecnología también. La Guardia Revolucionaria acosó a los miembros del Movimiento Verde haciendo seguimiento de sus perfiles personales en línea; y como en Egipto, durante un tiempo el gobierno clausuró la Internet y también las redes móviles. Después de que las autoridades hicieran redadas en casas particulares, atacaran las residencias universitarias, hicieran arrestos en masa, torturaran y dispararan contra las multitudes, las protestas terminaron.
Sin embargo en Egipto, la historia terminó de manera diferente. Las protestas continuaron a pesar de la falta de acceso a Internet. La gente organizó marchas por medio de volantes e información verbal y utilizó módems de líneas telefónicas de tierra y máquinas de fax para comunicarse con el mundo. Tras cinco días el gobierno cedió y Egipto recuperó el uso de la línea electrónica. Las autoridades entonces intentaron utilizar Internet para controlar las manifestaciones al ordenar a las compañías de telefonía móvil que enviaran mensajes de texto en favor del gobierno y arrestando a blogueros y a quienes organizaban las manifestaciones desde la línea electrónica. Sin embargo, 18 días después de que comenzaran las manifestaciones, el gobierno se quebró y el presidente renunció.
Lo que ocurrió en Egipto y lo que ocurrió en Irán, que esta semana está de nuevo empleando la violencia contra los manifestantes que pretenden libertades básicas, tiene que ver mucho más que con Internet. En cada caso, las personas protestaron ante la profunda frustración respecto de las condiciones políticas y económicas que afectan a sus vidas. Se pusieron de pie y marcharon y cantaron, y las autoridades los rastrearon y bloquearon y detuvieron. Internet no hizo ninguna de esas marchas. La gente las hizo. En ambos países la manera en que los ciudadanos y las autoridades utilizaron Internet refleja el poder de las tecnologías de conexión; que por una parte son un acelerador de los cambios políticos, sociales, y económicos, y por otra parte un medio para obstaculizar o extinguir esos cambios.
En la actualidad existe un debate en algunos círculos sobre si Internet es una fuerza para la liberación o la represión. Sin embargo creo que este debate ya ha se ha salido de la tangente. Egipto no inspira porque la gente se haya comunicado utilizando Twitter. Egipto inspira porque el pueblo se unió y persistió para exigir un futuro mejor. Irán no es terrible porque las autoridades usen Facebook para perseguir a la oposición y capturarla. Irán es terrible porque es un gobierno que viola habitualmente los derechos de su pueblo.
Por lo tanto, son nuestros valores los que hacen que estas movilizaciones inspiren o nos escandalicen, nuestro sentido de la dignidad humana, los derechos que manan de estos y los principios en los que se fundamentan. Y son estos valores los que deben dirigirnos a pensar sobre lo que tenemos por delante. Dos mil millones de personas en línea en la actualidad, casi un tercio de la humanidad. Surgimos de todos los rincones del mundo, vivimos bajo todo tipo de gobiernos, y nos adherimos a todo tipo de sistema de convicciones. Y cada vez con más frecuencia acudimos a Internet para actuar en importantes aspectos de nuestras vidas.
Unos pocos minutos después de la medianoche del 28 de enero, Internet se apagó en todo Egipto. Durante los cuatro días previos, cientos de miles de egipcios habían marchado para exigir un nuevo gobierno. Y el mundo, en sus televisores, computadoras portátiles, teléfonos celulares y teléfonos inteligentes, había seguido cada paso. Fotos y vídeos de Egipto inundaron la red. En Facebook y Twitter, los periodistas publicaron sus informes en vivo, los manifestantes coordinaron sus próximos movimientos, y los ciudadanos de todos los ámbitos compartieron sus esperanzas y miedos respecto este momento clave en la historia de su país.
Millones de personas en todo el mundo respondieron en tiempo real: “No están solos, estamos con ustedes”. El gobierno de entonces desenchufó el cable. El servicio de teléfonos móviles se interrumpió, las señales de televisión por satélite se atascaron, y el acceso a Internet fue bloqueado para casi toda la población. El gobierno no quería que la gente se comunicara entre sí y no quería que la prensa se comunicara con el público. Ciertamente no quería que el mundo observara.
Los acontecimientos en Egipto hacían recordar otro movimiento de protesta que se produjo dieciocho meses antes en Irán, cuando miles de personas marcharon tras unas elecciones cuestionadas. Esos manifestantes también utilizaron sitios web para organizarse. Un vídeo que se tomó con un teléfono móvil mostraba a una joven llamada Neda asesinada por un miembro de las fuerzas paramilitares; en pocas horas, gente de todo el mundo estaría mirando ese videoclip.
Las autoridades utilizaron la tecnología también. La Guardia Revolucionaria acosó a los miembros del Movimiento Verde haciendo seguimiento de sus perfiles personales en línea; y como en Egipto, durante un tiempo el gobierno clausuró la Internet y también las redes móviles. Después de que las autoridades hicieran redadas en casas particulares, atacaran las residencias universitarias, hicieran arrestos en masa, torturaran y dispararan contra las multitudes, las protestas terminaron.
Sin embargo en Egipto, la historia terminó de manera diferente. Las protestas continuaron a pesar de la falta de acceso a Internet. La gente organizó marchas por medio de volantes e información verbal y utilizó módems de líneas telefónicas de tierra y máquinas de fax para comunicarse con el mundo. Tras cinco días el gobierno cedió y Egipto recuperó el uso de la línea electrónica. Las autoridades entonces intentaron utilizar Internet para controlar las manifestaciones al ordenar a las compañías de telefonía móvil que enviaran mensajes de texto en favor del gobierno y arrestando a blogueros y a quienes organizaban las manifestaciones desde la línea electrónica. Sin embargo, 18 días después de que comenzaran las manifestaciones, el gobierno se quebró y el presidente renunció.
Lo que ocurrió en Egipto y lo que ocurrió en Irán, que esta semana está de nuevo empleando la violencia contra los manifestantes que pretenden libertades básicas, tiene que ver mucho más que con Internet. En cada caso, las personas protestaron ante la profunda frustración respecto de las condiciones políticas y económicas que afectan a sus vidas. Se pusieron de pie y marcharon y cantaron, y las autoridades los rastrearon y bloquearon y detuvieron. Internet no hizo ninguna de esas marchas. La gente las hizo. En ambos países la manera en que los ciudadanos y las autoridades utilizaron Internet refleja el poder de las tecnologías de conexión; que por una parte son un acelerador de los cambios políticos, sociales, y económicos, y por otra parte un medio para obstaculizar o extinguir esos cambios.
En la actualidad existe un debate en algunos círculos sobre si Internet es una fuerza para la liberación o la represión. Sin embargo creo que este debate ya ha se ha salido de la tangente. Egipto no inspira porque la gente se haya comunicado utilizando Twitter. Egipto inspira porque el pueblo se unió y persistió para exigir un futuro mejor. Irán no es terrible porque las autoridades usen Facebook para perseguir a la oposición y capturarla. Irán es terrible porque es un gobierno que viola habitualmente los derechos de su pueblo.
Por lo tanto, son nuestros valores los que hacen que estas movilizaciones inspiren o nos escandalicen, nuestro sentido de la dignidad humana, los derechos que manan de estos y los principios en los que se fundamentan. Y son estos valores los que deben dirigirnos a pensar sobre lo que tenemos por delante. Dos mil millones de personas en línea en la actualidad, casi un tercio de la humanidad. Surgimos de todos los rincones del mundo, vivimos bajo todo tipo de gobiernos, y nos adherimos a todo tipo de sistema de convicciones. Y cada vez con más frecuencia acudimos a Internet para actuar en importantes aspectos de nuestras vidas.
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