Marx se revuelca en su tumba: ¿Cómo es que llegamos a la autoexplotación?

Marx se revuelca en su tumba: ¿Cómo es que llegamos a la autoexplotación?

22 Febrero 2021

Si bien el capitalismo lleva siglos explotando a los trabajadores, es a partir de la versión ultra individualista del neoliberalismo que nos convenció de explotarnos nosotros mismos.

Francisco Varas >
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Chile es el país donde se ha aplicado con mayor profundidad el modelo neoliberal, por lo que se puede palpar con mayor facilidad la forma en que ha llevado a cabo su dominación sobre los trabajadores. Y aunque parezca sorprendente, lo ha hecho instalándose en la mente de cada uno de nosotros, convenciendonos que a través del trabajo duro podemos lograr el éxito que nos venden en la publicidad, la educación y la sociedad en general. 

La precarización de las condiciones del trabajo y la vida, son consecuencia de hacer los intereses propios de la clase dominante -la empresarial- en los intereses de toda la sociedad. Todo bajo la promesa de que si nos esforzamos, llegaremos a ser como nuestros jefes. Falsa meritocracia. 

Explicación histórica 

Entre 1982 y 1989, la dictadura impuso dos cambios que consolidaron el modelo neoliberal: Por una parte, la privatización de empresas, bienes y servicios públicos. Y por otra, la mercantilización de los derechos sociales y colectivos como salud, educación, seguridad social, etc… 

¿Qué significa esto en términos simples? Cada cual se salva como puede, el Estado no se hace cargo de casi nada - por no decir nada-. Las personas son las únicas responsables de llevar a cabo su vida, dando como resultado un individualismo exacerbado. 

Cambios que se suman al Plan Laboral encargado por Pinochet al entonces Ministro del Trabajo y hermano del Presidente: José Piñera, y que significaron un golpe para la organización de los trabajadores: negociación colectiva centrada en la empresa, huelga que no paraliza, libertad sindical y despolitización sindical. Esta última es fortalecida por la Constitución de Jaime Guzmán en 1980, que rige actualmente y dice: “La ley establecerá las sanciones que corresponda aplicar a los dirigentes gremiales que intervengan en actividades político partidistas y a los dirigentes de los partidos políticos, que interfieran en el funcionamiento de las organizaciones gremiales y demás grupos intermedios que la propia ley señale” (Artículo 23) 

El individualismo y la indiferencia 

Tan fuerte penetró esa idea en nuestra cabeza, que hasta parece lógico y obvio. Pero no siempre fue así. Antes se luchaba por lograr derechos colectivos, hoy se lucha por avanzar uno mismo. Ese es el triunfo del neoliberalismo. 

Triunfo que dificulta la organización política. Y no estamos hablando de comunismo necesariamente, hablamos de reconocer los problemas comunes que tenemos con nuestros compañeros de trabajo. 

Las causas son: 1-) Por el escaso contacto que tenemos hoy en día con nuestros compañeros, ya que duramos menos en los trabajos gracias a la subcontratación y la flexibilidad laboral, dándonos poco tiempo de conocernos. 2-)Por nuestro propio egoísmo, estamos tan ensimismados en lograr nuestros objetivos, que da lo mismo quien salga presidente, ya que el lunes tenemos que trabajar igual. O no queremos quedarnos un rato más en la pega porque estamos muy cansados como para conversar problemas comunes de trabajo. 3-) Por último, nos podrían echar. No tenemos contratos que nos aseguren nada, ya que somos -en su mayoría- prescindibles en nuestro trabajo. 

Le damos entonces un carácter negativo a la movilización social. “Trabajen mejor en vez de andar pidiendo cosas, quieren todo gratis”. No, no queremos todo gratis, sólo lo que nos corresponde, que es un pedazo más grande que lo que nos están dando. 

La eterna promesa 

Sin embargo, en vez de pensar eso, preferimos caer en la trampa del neoliberalismo, que es su capacidad de prometer. Promete éxito, realización personal y felicidad. Pero para lograrlo tenemos que trabajar duro, condicionando nuestras expectativas según nuestro esfuerzo. De nuevo la falsa meritocracia.

Con esto romantizamos el esfuerzo, el “nadie me regaló nada” cobra sentido y, por lo mismo, nuestros iguales deben tener las mismas dificultades que tuvimos nosotros. En caso contrario, es injusta la competencia por llegar al ideal de vida que nos prometen.

Acceder al objeto deseado -ese que queremos consumir porque lo vemos constantemente en la publicidad o porque nuestros amigos nos lo recomiendan- requiere de la autoexplotación como una especie de mantra: hay que esforzarse para lograr lo que queremos. Es tal la idealización de ese trabajo duro, que termina importando -muchas veces- más el esfuerzo que lograr el objeto mismo.

Cada quien tiene fruto de su esfuerzo decían. Pero, vamos, si sabemos que no es verdad. Hay barreras que no podemos penetrar, sobre todo las de los más ricos. Si los hijos de Luksic quisieran, podrían estar sin trabajar toda su vida y aún así tendrían comodidades, y sus nietos también.

Pero nos hacen creer que podremos ser como ellos, ya que se esforzaron por llegar ahí (esfuerzo que el Estado durante la dictadura les hizo más fácil a varios grandes empresarios, pero no vamos a profundizar en cosas demostradísimas).

La jaula de goma: una falsa idea de libertad

También nos construyen la idea de que somos libres de decidir. Con la flexibilidad laboral de hoy, nos dan metas que nos mantienen motivados, espacios para desenvolvernos y quedamos tan excitados que llevamos el trabajo hasta casa, disolviendo la barrera laboral-doméstica. Todo para cumplir nuestro objetivo. Spoiler: no lo lograremos, la desigualdad aumenta y nuestras condiciones de vida no mejoran. Estamos en una jaula de goma.

Podrán decir que algunos sí lo logran, pero son los menos: los Arturo Vidal, los Farkas, entre otros que son la excepción a la regla, pero que hacen la regla. Es decir, la excusa necesaria para demostrar que este sistema efectivamente mejora las condiciones de vida. Y creemos que todos podemos ser ellos, cuando en verdad son los suficientes para mantenernos con la expectativa alta.

Así es como llegamos a la autoexplotación, pues creemos que estamos autorealizándonos. Nuestro ideal de sociedad se basa en el éxito personal, todo logro colectivo es un sin sentido. “¿Para qué voy a trabajar en mejorar las condiciones laborales a otros? Con suerte tengo tiempo para mi”.

Conclusiones

Como síntesis de la columna, la autoexplotación llega gracias al individualismo: La lucha colectiva no tiene sentido ni vemos que de mejoras a corto plazo. Así que no vemos mejor solución que trabajar duro para conseguir fines propios, como promete el neoliberalismo.

El vuelco al asunto tiene que venir de la misma lógica en que se impuso: desde cada uno de nosotros, dejarlo todo en un plano macro y echarle la culpa por todo al sistema no nos llevará a ningún lado. Pero ojo, tampoco podemos decir que todo depende de nosotros mismos como si fuéramos superhéroes, eso sería caer en la misma lógica neoliberal de la despolitización que nos tiene en esta autoexplotación.

Un primer paso sería disputar dentro de los espacios en que nos desenvolvemos. Si bien se pueden lograr cambios macro a partir de manifestaciones como la del 18 de octubre, sabemos que son uno en un millón. Debe haber un complemento entre lo macro y lo micro, donde la nueva Constitución permita politizar los ambientes laborales, y nosotros tengamos la capacidad de trabajar conjuntamente para lograr los objetivos dentro de nuestro ambiente laboral.